Corrupción se dice de muchas maneras

En 1892, un reputado catedrático de economía de la Universidad de Yale construyó un artilugio mecánico en base a una red de “cisternas, palancas, tubos, varillas, pivotes deslizantes y tapones” que buscaba representar el funcionamiento del principio de utilidad en el mercado económico. El artilugio, activado a través de flujos de agua, tenía incluso la pretensión de predecir los cambios económicos; tal era la fe en la exactitud de su mecanismo. 

 

Que Irving Fisher (ese era el nombre del profesor de Yale) haya apelado a un sistema mecánico-hidráulico para representar la economía no es casualidad, dada la cantidad de metáforas que vinculan al agua y al dinero. Pero no deja de ser curioso que más de cien años después, y aunque ya lejos de recurrir a una máquina mecánica para las predicciones económicas, algo de ese imaginario de la economía como un complejo sistema con palancas, poleas, pivotes y más sobrevive al hablar de corrupción. 

 

Aceitar. Engrasar. También agilizar el trámite o mover el tema. E incluso arreglar. Solucionar. Aflojar. Transar. La mayoría de estos términos implica formas más o menos conocidas de soborno, que harían que procesos engorrosos se vuelvan más ágiles a través de la manipulación del funcionario público. Así ocurre en la mayoría de los casos de pequeña y normalizada corrupción, como pagar una cutra o coima a un policía de tránsito o un sencillo o propina a un trabajador del sistema eléctrico para que reconecte la luz en menor tiempo. En otras ocasiones, el funcionario público está más bien coludido para que una empresa con poder se haga de un proyecto estatal a cambio de un diezmo. 

 

Otras veces, especialmente cuando se trata de imaginar la corrupción para combatirla, para constituirla como un enemigo a ser derrotado, las metáforas e imágenes son más bien biológicas u orgánicas. En el lenguaje de la política y de los políticos que buscan librar una guerra contra la corrupción, esta se representa como una enfermedad y, cerca de ella, como una plaga o, de manera más directa, como un cáncer. La enfermedad consume, debilita, sangra o desangra, constriñe y se reproduce a sí misma. Se viraliza o hace metástasis. Es una pandemia por derecho propio. En ocasiones, la corrupción se muestra como podredumbre y los corruptos, como manzanas podridas. Estos también aparecen animalizados: son cerdos o, de modo más frecuente, ratas (con cola incluida, según nos muestran elocuentemente los programas paródicos de humor popular). En el pasado, aquellos tildados de corruptos también eran representados como pulpos.

 

Y una dimensión que no debe ser pasada por alto es la afectividad que posibilita los actos de corrupción. Los corruptos son amigos o hermanos. Pueden ser además parte de un mismo club. Se tratan de doctorcitos y piden un apoyo, una cortesía o constituyen pactos de caballeros. Se devuelven favores mutuamente, como modo de reciprocidad.

 

En parte, la paradoja de la corrupción estriba en que el lenguaje de la corrupción es conocido y compartido por todos (no solo podemos hablar de la corrupción, sino también en la corrupción), pero se nos hace muy difícil definirla. Hay corrupción política, corrupción moral, corrupción económica, corrupción empresarial, corrupción a pequeña escala y a gran escala. Pareciese que un adjetivo necesitara revelar la naturaleza exacta de la corrupción, que dejada sin límite se extiende a campos insospechados. 

 

De allí que parte de las iniciativas institucionales para combatir la corrupción se concentren en las definiciones de los actos de corrupción punibles por ley. Transparencia Internacional publica una útil “Guía de lenguaje claro sobre lucha contra la corrupción”. Corrupción: “…abuso del poder para beneficio propio”. Adicionalmente aparecen otros términos, como soborno (“ofrecimiento, promesa, entrega, aceptación o exigencia de un incentivo para realizar una acción ilícita, antiética o que supone abuso de confianza”), clientelismo, colusión, conflicto de intereses, malversación, lobbying, nepotismo o padrinazgo, o revolving doors (puertas giratorias).

 

Pero quizás el repositorio más interesante de discursos e imágenes sobre la corrupción se encuentre en aquellas denominaciones salidas de investigaciones a organizaciones criminales. “Los dinámicos del centro” replica la idea de la corrupción como agilizadora de trámites impulsados desde un gobierno regional. “El club de la construcción” alude no solo a la dimensión de relaciones sociales y afectivas entre sus miembros, sino también a la condición de clase de los involucrados (empresarios de la clase alta peruana). El caso Petro-audios nos legó la imagen de la corrupción como un faenón que hizo visible el goce de quien se sabe transgresor de la ley, mientras que involucrados en los casos Lava-Jato y Los intocables ediles describían las formas de entregar las coimas a través de loncheras y tamalitos, cerca de la tan mentada mermelada, gastronómica forma de denominar la coima en el espacio mediático y palabra recurrente en inflamados discursos tanto de la derecha como la izquierda política.